Dolores, la madre guerrillera

Marisol Ayala

Marisol Ayala

PERFILES. Un día de principios de 1994 Dolores estaba desesperada porque su hijo “Isi”, esquizofrénico, se escapaba de casa, agredía t amenazaba a la gente. Ni su madre ni sus hermanos podían con el. Así empezó su lucha.

Dolores Lorenzo tiene 83 años. 40 de ellos los ha vivido entre papeles, denuncias, informes médicos y despachos oficiales, arrastrando la pena de ver a su hijo, Isidoro Hernández Lorenzo (23-9-1953), un enfermo mental diagnosticado de esquizofrenia; abandonado por la administración sanitaria canaria que jamás lo atendió con arreglo a su estado de gravedad. La Salud Mental en Canarias y sus carencias pasan por Dolores. Poca gente he conocido que hayan emprendido una lucha sin cuartel para lograr algo que no debían mendigar los enfermos, mentales o no: atención digna.

Para situar al lector diremos que un día de principios de 1994 Dolores estaba desesperada porque su hijo “Isi” se escapaba de casa, agredía, amenazaba a la gente. Su madre y hermanos ya no podían con él. “Acabará matando a alguien”, advertía temerosa. Y ese día se presentó en la puerta de LA PROVINCIA “a ver si sale alguien y le cuento lo de mi hijo”, pensó. Así supe de su existencia.

En sus manos llevaba una bolsa plástica llena de papeles. Eran firmas recogidas en su peregrinar por pueblos, reivindicando la ansiada cama hospitalaria para liberar a su familia de un riesgo cierto. Al muchacho se le desencadenó una enfermedad mental (esquizofrenia) cuando estaba cumpliendo con el Servicio Militar en Madrid. “Creo que tenía unos 20 años”, cuenta su progenitora. Lo devolvieron a casa y, desde entonces, las cosas fueron de mal en peor. Hace un año y poco que su cuerpo no resistió y murió. Su madre lo que quiere ahora es pasar página no sin antes dedicarle un último reportaje a su memoria, el homenaje amoroso de su razón de vivir, sin más.

Dolores Lorenzo

Dolores Lorenzo

En mayo de 1999 Dolores ya no sabía qué hacer y denunció en el Juzgado cómo se encontraba su hijo y el peligro que suponía para la familia. “Aunque cuando estaba bien, que eran pocas veces, era buenísimo, las cosas como son”, precisa. Un día de ese año Dolores, que ahora cuenta con 83 años, puso otra denuncia después de que le dieran el alta en el hospital. “Vivir lo que yo he vivido no lo ha vivido nadie. En mi casa todo eran agresiones, gritos, insultos, carreras, problemas con sus hermanos, etc., que, y así se lo dije al juez, un día acabarían en tragedia. Pero a un hijo no se le abandona nunca. Desde por la mañana me iba con él a pasear, de guagua en guagua. A entretenerlo”.

Dolores se hizo guerrillera a la fuerza. Desconocía de lo que sería capaz por un hijo enfermo. Y cuando tenía 71 años, un día se envalentonó y sin pensarlo dos veces llamó a un vecino para que le hiciera un escrito exigiendo un sitio para ingresar al hijo. Solita se echó a la calle a recoger firmas. “Me anduve toda Gran Canaria”. Pero poco a poco Dolores cogió carrerilla y acabó haciendo pegatinas contra la administración, “para ponérselas en todas partes”, y pancartas en la azotea que luego colocaba allá donde le dejaban. El texto era siempre el mismo: “Atención y dignidad para los enfermos”. Todavía tiene algunas guardadas.

Hasta entonces ella y todas las madres que estaban en la misma lucha vivían alejadas de los problemas relacionados con la salud mental porque la vida les había llevado por senderos bien distintos. Un día, la pesada losa de la enfermedad les cayó encima y no les quedó otro remedio que reaccionar y combatir la desidia administrativa con pancartas, protestas, apariciones en la prensa y reuniones. En primera fila, Dolores.

Lo que pasa es que “un hijo duele mucho y un hijo enfermo mucho más”. Lo cierto es que poco a poco Dolores y sus compañeras, la mayoría mujeres, se fueron agrupando en torno a la Plataforma de Familiares de Enfermos Mentales y desde allí unas tiraron de otras, compartieron angustias y problemas, y se dieron cuenta de que había que echarse a la calle.

“Yo misma no tenía ni idea de que las cosas en Salud Mental estaban tan mal. Cuando me hablaron de esquizofrenia me asusté. Pero pensé, bueno, lo meteríamos en un centro y ya está. Cuando me enteré de que no había nada, que no había camas, que todo es un desastre, el mundo se me vino encima. ¿Qué hacíamos entonces? Luchar. Yo creo que son muchos los que no tenían ni idea de lo mal que están las cosas para estas personas”.

Un día, lo recordaba hace poco Dolores, un grupo vinculado a la extinta Plataforma De Familiares de Enfermos Mentales, tan ruidosa y necesaria entonces y hoy, se colaron en un Pleno del Cabildo Insular de Gran Canaria; se acomodaron en los asientos como ciudadanos interesados en lo que se iba a debatir. Mentían. Presidía José Manuel Soria. Nadie se percató de que esos hombres y mujeres que ocupaban los asientos eran familiares de enfermos mentales que estaban cansados de gritar en el desierto. Nadie les hacía caso. “Le voy a contar lo que hicimos”, relata orgullosa. “Todos nos pusimos una rebeca pero debajo llevábamos una camiseta blanca que decía: “Hoy me tocó a mí, mañana a ti”. Antes alertaron a los fotógrafos de prensa: “No dejen de mirarnos”. De pronto, todos ellos, una docena o así, se quitaron la rebeca y dejaron al aire la camiseta blanca con la leyenda. Fueron expulsados del salón. Más follón, más ruido mediático. Misión cumplida.

La buena de Dolores ha tenido diez hijos, cinco han muerto. Su vida ha sido tan dura, de tanta miseria, que sin haber apenas ido al colegio desarrolló una capacidad para luchar contra dragones. Vivió durante años sin agua, sin luz, sin comida: “Si había un pan era para mis niños. Mi marido fue muy trabajador y cargaba bidones de agua hasta la casa por carretera de tierra. A veces no podía con tanto peso y se le caía, pero él volvía a la fuente para que no faltara en la casa. Buen hombre”. Un dato que describe cómo ha sido la vida de la valiente Dolores es que fue madre y hermana al mismo tiempo; ella y su madre estuvieron embarazadas a la vez.

“Pero mire, ponga que mi hijo Isi era muy bueno; cantaba muy bien, se sabía todas las de Manolo Escobar pero yo le decía cállate, Isi y me hacía caso. Perdona, mamá, me decía”.

Vecinos y abuelos

Marisol Ayala

Marisol Ayala

Ya son mayores y soportan pocas cosas. La casa familiar se ha quedado vacía, dos de sus tres hijos han emigrado. Berlín. Están solos y enfadados. Viven en una casa de tres pisos; dos son de su propiedad y el tercero de otra persona. Justo a ese piso se mudó una pareja cubana con una hija de corta edad. Desde su casa los ancianos no escuchaban nada, no había motivo para la queja, pero a él no le gustan ni los cubanos ni la música que ponían. Los jóvenes hacían lo posible por mantener una relación cordial, pero los mayores habían levantado un sólido muro. Los caribeños salían temprano, dejaban a su niña en el cole y regresaban tarde. Parece que el origen del distanciamiento fue un cumpleaños en el que el papá de la niña, se tomó unas cervezas de más y cantó muy alto. Aún así, ellos de vez en cuando se interesaban por la salud de sus vecinos, les bajaban la basura, les traían el periódico y se ofrecían para ir a la farmacia.

Un día llegó a Canarias una mamá del joven matrimonio y lo celebraron con un asado. Estaban felices; cuando a la abuela cubana le dijeron que en uno de los pisos vivía un matrimonio mayor sin apenas familia no lo pensó dos veces; en un taper puso comida suficiente para ambos y tocó en la puerta. Perplejidad. “Permítame que les invite a celebrar con nosotros la alegría de estar de nuevo con mis hijos, seis años sin verlos”. Sin esperar contestación la buena mujer puso el taper en las manos de quien atendió la puerta. Ese gesto abrió una rendija a una relación más cívica. Un día los cinco se encontraron en el portal y sin que se conozca la razón hablaron de la vida y sus dificultades de emigrar. El matrimonio joven trabaja, él mecánico, ella cuida personas mayores. La niña no hacía los deberes con disciplina porque sus padres llegaban tarde. Cuando podían.

Recibieron el mensaje y desde ese día los vecinos mayores le dan cobijo. Le esperan, le preparan la merienda y le ayudan en los deberes. La semana pasada le pidieron a un amigo que comprara un bonito estuche escolar para una niña.

Ahora la pequeña está acompañada y ellos, también. Cuando llega a casa es una fiesta.

Y la risa preside las tardes.

@marisol_Ayala

Regresa Pedro Guerra

Reportaje de Diego F. Hernández en La Provincia

Regresa con un doble reto discográfico. Por un lado el disco coral 14 de ciento volando de 14, con sonetos musicados de Joaquín Sabina en el que participa una treintena de artistas, con Pedro Guerra asumiendo el rol de compositor, intérprete, arreglista y productor; y luego recupera el verbo propio con Arde Estocolmo que trae nuevas canciones que no ofrecía desde 2011 con El Mono Espabilado.

Pedro Guerra durante la entrevista

Pedro Guerra

¿Cómo ha sido todo este proceso?

El disco 30 años salió en febrero de 2013 y a finales de este año se editó 20 Años Libertad 8 que era un DVD, digamos que pretendía ser la parte de imagen que 30 años no tenía, además de ir acompañado con un CD de audio. Todo fue parte de un mismo trabajo y se produjo en 2013. Durante 2014 estuve haciendo gira y cuando empecé con la gira de 30 años comencé de alguna forma a proyectar mi siguiente movimiento. Estaba necesitando un disco de canciones propias tras lo que había hecho antes, pero a su vez estaba ya trabajando algunos de los sonetos de Sabina. Como necesitaba ese disco de canciones propias, en algún momento pensé y decidí embarcarme en los dos proyectos de manera simultánea. En realidad, ha sido un proceso de entre año y medio y dos años. En este tiempo, sigo escribiendo los sonetos de Sabina e imagino que va a ser un disco colectivo, que no lo voy a cantar yo, pero lo que es el trabajo, hago los dos a la vez. Me planteó no hacer un disco de una manera convencional, que es el hecho de que uno escribe unas canciones, hace unas maquetas y luego cuando tiene el trabajo va a un estudio, graba, mezcla y todo, en un proceso que puede durar dos meses. Quise empezar desde cero y hacerlo todo yo. Es decir, como tengo estudio propio voy escribiendo las canciones y a medida que las voy escribiendo las voy grabando.

Todo el proceso de composición y grabación fue un continuo…

Claro. Cuando escribo la canción, grabo una guitarra, y si esa guitarra está correcta es la queda en el disco al final. De lo que escuchamos en el disco hay instrumentos grabados hace un año, otros seis meses, depende, igual iba haciendo arreglos, probando cosas. Diseñé este sistema de trabajo en solitario, y así hice los dos. Con el de Sabina, una vez que tenía las bases, las iba enviando a los artistas, me enviaban su voz o venían al estudio a grabarla, la íbamos incorporando. Cuando los tenía hechos, pensaba que lo mejor era que salieran simultáneos, precisamente por cómo están las cosas ahora. No me veía sacando un disco ahora y otro dentro de seis meses, o uno ahora y otro en un año. De esta manera, un disco apoya al otro. Son dos trabajos, es más complicado para la gente por el hecho de comprar un disco o dos, pero así se lo planteé a Sony y aceptaron. Para ellos era también un reto porque no es algo que se haga habitualmente.

¿Con Arde Estocolmo será más fácil armar una gira que con el disco colectivo de los versos de Sabina?

Lo que ocurre es que en directo los sonetos de Sabina también los voy a defender yo. Antes de esta versión cantada por otros artistas, hubo una original cantando por mí, y eso es lo que hago en directo: canto temas de mi disco nuevo, algunos sonetos de Sabina, y canciones clásicas de mi repertorio.

Quien se acerque a los conciertos que tiene por delante se encontrará con los clásicos de Pedro Guerra, y la nueva cosecha, la propia y la compartida.

Sí, estarán lógicamente las canciones que siempre tengo en repertorio, y el público va también a escuchar las nuevas de Arde Estocolmo y algunos sonetos de Sabina. Así es como lo vamos a hacer, y cuando pase por alguna de las ciudades en las que viva algunos de los participantes del disco intentaré que estén, pero es algo que sucederá puntualmente y no en todas partes. Esperamos estar en octubre con una gira por las Islas, en Gran Canaria y Tenerife, haremos teatros y grandes recintos.

¿Cómo se produjo el acercamiento a los sonetos de Sabina? ¿Hubo complicidad con él para definir el repertorio? ¿Cómo se decidió el elenco de colaboradores entre los que figuran músicos de su generación, anteriores, otros que predican estilos diametralmente opuesto a la música de Pedro Guerra, gente del flamenco, del rap, un generoso mosaico musical?

Sabina está al margen de este proyecto, es una idea mía, que yo desarrollo, decido el título y demás. El origen de todo se remonta a un tiempo antes, a 2011.Mientras escribía las canciones de El Mono Espabilado ya había desarrollado un proyecto de poner música a sonetos, lo hice con una veintena de sonetos que iban desde Garcilaso de la Vega, Lope, Quevedo, hasta pasar por Rubén Darío, Rafael Alberto, Lorca, Neruda, Borges, e incluso incluí un soneto de Sabina, Aute y Silvio Rodríguez. Este proyecto se lo ofrecí a Miguel Poveda y él en su último disco Sonetos y poemas para la libertad incluyó nueve de estos sonetos. Cuando yo acabé este proyecto, se me ocurrió entrar de lleno en el libro de Sabina Ciento volando de catorce, que incluía cien sonetos. Ahí fue que diseñé la idea de 14 de ciento volando de 14, hacer ese juego de palabras. Cuando tenía cinco o seis canciones hechas y la idea del proyecto fue cuando se lo comenté a Sabina. Le gustó mucho el título, y yo seguí solo, seleccioné los sonetos, aquellos que más me gustaban, los que convertidos en canción podían funcionar mejor, porque no toda la poesía funciona igual, ya que muchos de los textos se han pensado y escritos para ser leídos. Y empecé a elaborar mi lista de personas que quería que participaran. Todos y todas son gente, artistas a los que admiro mucho, y no podían faltar las grandes referencias del mundo de los cantautores. Y ahí están Silvio Rodríguez, Serrat, Víctor Manuel y Ana Belén, Aute,…, el propio Sabina o Miguel Ríos. Pero luego intenté que hubiera, de alguna manera, representación de estilos diversos, que estuviera el flamenco con Poveda, Estrella y Soleá Morente, La Shica o Clara Montes, que se mueven en este género y también en el pop, también está Dani Martín, otros como Leiva, Fito Cabrales, Bunbury, Iván Ferreiro, Xoel López, que pertenecen más al mundo del pop-rock, está Nach porque quería alguien del universo del hip hop, y así lo fui construyendo. Salvo alguna obviedad, como que Víctor Manuel y Ana Belén estuvieran juntos, pero los quería así por lo que significan para mí. Y busqué también todo lo contrario, que en esas combinaciones hubiera algo no esperado, como emparentar a Bunbury con las hermanas Morente, o de repente La Shica e Iván Ferreiro, Julieta Venegas con Pablo Milanés, que hubiera algo curioso a la hora de interpretar esas canciones.

Una asociación de artistas que enriqueciera el proyecto, que lo llevara por otros caminos.

Sí, es un poco más arriesgado que ir a lo fácil, lo obvio, y en este sentido creo que ha funcionado muy bien. De repente y de esta manera, a la gente le puede llamar la atención. Uno podría juntar a Silvio Rodríguez e Ismael Serrano, pero igual para mí era más interesante unir a Ismael con Sole Giménez.

O con Serrat…

Claro, efectivamente, me parecía mejor buscar la curiosidad también ahí.

Ahora y con la perspectiva que da el trabajo terminado, ¿no le resultó agotador todo el proceso?

Finalmente son 28 canciones, como si hubiera hecho un disco doble trabajado en un año y medio. Y no fue agotador porque empleé el tiempo que necesité. No me puse a trabajar diciendo que quería terminar esto en seis meses. Empecé a trabajar, y acabaré cuando termine. No tenía prisa alguna. Tengo que decir que soy muy disciplinado y trabajador. Todos los días voy al estudio y trabajo una media de cinco horas intensas. Llevo al niño al colegio sobre las 9.00 y a las 10.00 horas ya estoy trabajando hasta las 15.00 horas, y eso todos los días y durante un año cunde mucho.

Sobre todo si el artista tiene claro lo que quiere hacer con las canciones y hacia dónde quiere llegar con ellas.

Justamente. El planteamiento de los discos es similar en la parte musical y en los arreglos, trabajando una cosa y otra.

Arde Estocolmo trae de vuelta al Pedro Guerra con esa visión de lo que ocurre a su alrededor, con letras que subrayan el compromiso social de la canción de autor, y la recuperación de la música tradicional canaria traída al presente con los tratamientos que favorece la tecnología. ¿Cómo se sitúa el álbum en el contexto de la producción de Pedro Guerra desde el lanzamiento de Golosinas (1995).

Creo que es un paso adelante en la medida de que asumo un proyecto en su totalidad. Sin embargo, después de haber hecho 30 años, que era una revisión, con estos dos proyectos, por un lado en el caso de Sabina, están las canciones y luego los intérpretes, y en el disco mío desarrollo una parte más musical, hay más trabajo de investigación a la hora de buscar la mezcla final.

¿Hubo en algún momento el riesgo de que un disco terminara por contaminar al otro?

No, se pueden parecer en ciertas cosas pero al final son dos trabajos distintos. Lo que si creo es que me he dado al cien por cien en estos dos trabajos, y después de haber revisado toda mi carrera, puedo decir que todo lo que se es esto. En Arde Estocolmo hay una fusión de todas las cosas que me han interesado a lo largo de mi vida, de mi carrera, y por supuesto está la parte que me acerca mucho a Taller Canario, con una recuperación de los tambores, una presencia del timple importante, más grande que nunca, con el laúd y las mandolinas, que son en definitiva la sonoridad de la agrupación folclórica canaria, de la parranda, y a la vez, creo que más que en ningún otro disco hay presencia de lo latinoamericano, en ritmos, en la manera de tocar la guitarra. Y en el disco de Sabina también. Además, hay algo con lo que he coqueteado pero que en este disco lo he llevado a una expresión mayor, que es la utilización de programaciones. Todas las baterías y percusiones están programadas, con lo cual intento hacer una fusión entre lo moderno y lo tradicional, pero el resultado final es artesanal porque todo se construye desde cero en un taller, que es mi estudio. Tiene un pulso de orfebre, de artesano. Y lo que busco es seguir insistiendo en lo que me gusta.