Cosas que jamás olvidarás

Columna de hoy domingo La Provincia.

Marisol Ayala

Marisol Ayala

Ya era madre pero quería aumentar la familia. La parejita, claro. Ilusión lógica, embarazo sin complicaciones y todo preparado para recibir lo que tenía pinta de ser una niña. Pero llegó agosto, mes de fiestas en muchos pueblos de la Isla, y una madrugada se presentó el parto. Desconocía que su ginecólogo era un amante de las fiestas, especialmente las de su pueblo. Cada año, saliera el sol por donde saliera, allá acudía a vivirla con vocación. Quiso la mala suerte que el parto se complicara justo cuando el médico muy divertido. La parturienta en Las Palmas y él en la fiesta. Trató de dirigir el parto desde la lejanía con una enfermera pero algo falló y no hubo suerte. El bebé nació con tantos problemas que no sobrevivió. La madre tenía mil motivos para sentarlo en el banquillo pero decidió que con combatir su dolor tenía de sobra. Lloró su pena y echó a andar. La vida seguía su camino y a trompicones superó la dolorosa perdida. La familia la animó pero ella no tenía fuerzas para meterse en un enredo judicial. Una de las cosas que más le dolió fue la incapacidad del galeno para asumir su error; ni una explicación, ni una excusa, nada. El dolor lo guardó en esa caja en la que guardamos las fotos que duelen, las notas que hieren, lo que nunca deseas recordar.
Pero la vida es puñetera y un día la prensa se hizo eco de una noticia que no le era ajena. Una mujer muere durante el parto. El nombre del ginecólogo era conocido. Indagó y supo que alguien había cometido un error. Otro. Esa vez el médico acabó sentado en el banquillo acusado de negligencia. El juicio fue un espectáculo y mi amiga lo siguió con interés. Vio al ginecólogo, al que tanto le gustaban las fiestas, y se acercó. “Esto tenía que ocurrir un día”, le dijo. Acabó siendo uno de los primeros ginecólogos condenados de España. Seis años de cárcel. De pronto la rabia de tantos años saltó a borbotones y la mujer entendió que la vida le ponía en bandeja lo que ella no tuvo el coraje de hacer de manera que pidió la sentencia, habló con una periodista y días después el diario de mayor tirada del país le dedicó honores de primera página.
Había segado dos vidas y finalmente la justicia le apartó de la medicina. Ya podía acudir a todas las fiestas. A todas.

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Millares Carlo

Santiago Gil

Santiago Gil

No se van. Nunca se marchan los que dejan un recuerdo imborrable por donde pasan. No hace falta que levanten grandes palacios ni que coronen cimas casi inalcanzables. Basta una palabra o una mirada, o esa vocación inquebrantable que logra que se asome el alma en todo lo que emprendieron. Hace unos días participé en unas jornadas en la Universidad Autónoma de México, una ciudad dentro de una ciudad, más de cuatrocientos mil universitarios atravesando un campus interminable. En ese lugar lejano, si pronuncias el nombre de Canarias es muy probable que alguien te nombre de inmediato al paleógrafo, bibliógrafo y latinista Agustín Millares Carlo.

Fue profesor de esa universidad cuando hubo de exiliarse tras la guerra civil española, y sin su paso por México no se entendería el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM o la Biblioteca y la Hemeroteca Nacional. Aquí es otro gran olvidado, uno más de los muchos que hemos ido enterrando en una injusta desmemoria sin saber que somos nosotros mismos los que nos estamos sepultando.

Agistín Millares Carlo

Agustín Millares Carlo

Su nombre aparecía entre los personajes que contaba Cansinos Assens en sus crónicas del Madrid de las primeras décadas del siglo pasado. Lo nombraba con la misma veneración que los mexicanos, y también lo describía como alguien que andaba por la vida entre libros tratando de desentrañar ese pasado tan necesario para que no caigamos una y otra vez en los mismos errores ancestrales. Estamos despreciando a los sabios. Ni siquiera volvemos a los que dejaron pistas escritas para que no nos extraviáramos. De Agustín Millares Carlo casi todo es olvido en su tierra natal. Por eso su tierra natal está cada día más vapuleada por la prepotencia y la ignorancia del político ágrafo que hace tiempo que no esconde sus carencias culturales. Casi siempre ha sido así, y por eso el ser humano se termina estrellando contra los mismos errores y las mismas prepotencias.

Hay muchos Millares Carlo en estas islas tan dadas a la amnesia y al desprecio de su propio pasado. Las sombras suelen engañar con sus reflejos. Todas parecen grandes cuando las vemos pasar a nuestro lado. Por eso hoy nos confunden con sombras engañosas en casi todas partes. En el otro lado del mundo se nombra con veneración a quien casi todos desconocen en su propia casa. Nunca habrá identidad si se ignora y se orilla a lo más sabios. Y la ingratitud termina derivando casi siempre en una peligrosa soberbia que no nos deja ver el bosque de nuestra propia historia. Hace falta perspectiva, tiempo y a veces mucha suerte para que la justicia poética termine poniendo a cada cual donde realmente merece. Los que se fueron no tienen sombra. Somos nosotros los que debemos velar por su reflejo y por su presencia. Que no nos siga confundiendo el ruido mendaz de lo inmediato.

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Cara y cruz de El Gordo

Marisol Ayala

Marisol Ayala

Voy a recordar hoy en vísperas de “El Gordo” un par de historias vividas en los sorteos navideños después de tantos años en los que he cubierto días urgentes como el del lunes. Pero sin mencionar un solo nombre porque en algunos casos será mejor no difundir la miseria humana que también trajeron los millones. Un relato éste que tiene la intención de desearles Felices Fiestas y que “El Gordo” toque en la puerta de quienes compran Lotería que los que no lo hacen son los que más se quejan y no. El lunes, cambiará la vida de muchos. Ojalá Canarias tenga un golpe de suerte y sus vecinos sean bendecidos por la Diosa Fortuna. Falta nos hace.

Uno de los recuerdos que tengo del “El Gordo” de Navidad ocurrió hace unos doce años. Sitúo al lector. En un día de sorteo navideño ustedes deben saber que los periodistas buscamos a los premiados debajo de las piedras para conocer sus caras, qué harán con los millones, cuánto jugaron, su situación económica, en fin, la parte humana de la noticia. Resultó que el año de mi recuerdo cayó un importante premio en la zona de Tenoya (Gran Canaria). Alguien llamó al periódico para contar que a una familia humilde le habían tocado 250 millones de las antiguas pesetas. Respetable cantidad.

Un compañero y yo nos fuimos en busca de los premiados, es decir, a recoger sus testimonios pero para nuestra frustración la familia nos dijo que de fotos nada y de nombres, menos. Tenían miedo de que los etarras les secuestraran y pidieran un alto rescate…No hubo manera de convencerles así que asumimos nuestra derrota con contrariedad, enfadados, pero cuando nos subíamos al coche rumbo a la redacción un viejo amigo de Tenoya metió su cabeza por la ventanilla y nos alertó discreto: “…ahí abajo, en el barranco, a unos viejillos le han tocado un fleje de millones; es un matrimonio que vive en una cueva…”.

Ni dudarlo. Bajamos por la ladera y efectivamente, en una cueva nos encontramos a una mujer de unos setenta años que apenas podía caminar. La zona era intransitable y como ella andaba poco tenía graves problemas de movilidad. Cuando vio llegar a los periodistas nos recibió encantada, como quien se siente reina por un día. Hizo café y contó sin tapujos que le habían tocado 250 millones de pesetas. ¿Dónde compró los décimos?, le preguntamos al comprobar la soledad en la que vivía, lejos del mundo. Un vendedor que subía y bajaba la zona se los vendió. Ella no paraba de reír y nosotros de acurrucarnos porque el frío era importante. Nos atendió con mucho cariño pero, eso sí, nos pidió un favor; no hacer fotos hasta que no se despertara su marido que “anoche salió y se echó una copillas…”. Uhmmmm…

gordito
Hicimos guardia unas horas hasta que finalmente un hombre flaco, despeinado, con un cigarro entre los labios, envuelto en una manta salió de un cuartucho. Cuando cogió resuello y después de conocer por boca de su esposa su buena suerte, se vino arriba, se puso una cachucha y preguntó si éramos del banco. “No”, contestamos, “bueno”, dijo entre carcajadas, “pues hágame una foto con mi mujer y el perro mirando al barranco, así, con la escopeta…”. La foto (que debe conservarse en el archivo de La Provincia) es una genialidad. El hombre feliz con la escopeta de caza se apoyó en una destartalada nevera que había en la entrada de la cueva y desde allí apuntó barranco abajo, al tiempo que gritaba: “¡Estoy esperando a los del banco!… ¡si aparecen me los cargo…!”. Más tarde supimos que meses antes el hombre había acudido a una entidad bancaria para solicitar un crédito. Quería comprar una vivienda con escaleras “por mi mujer, que no puede caminar” pero le negaron el crédito. “No teníamos de donde responder”, le explicaron. Su venganza con los millones ganados en el “Gordo” fue depositar el dinero en un banco distinto al de la negativa y su alegre final feliz que meses después compraron una casa terrera en La Isleta. Su sueño. Ese es, como ven, un relato feliz de Lotería y de premios.

Pero los hemos vivido habido infelices como el de aquella mujer que con los 400 millones de pesetas que ganó en el sorteo compró un barco y una casa/castillo en Lanzarote. Nunca sacó el título de patrón de yate y jamás usó el caserón. Se llenó de deudas y tuvo que volver a trabajar en el bazar donde lo hacía hasta que la suerte (mala en su caso) tocó en la puerta. Por no contar la historia del matrimonio de Las Palmas de Gran Canaria que ganó muchos millones, no recuerdo con exactitud. Tantos que ellos, que vivían en El Polvorín (zona marginal por entonces), acabaron comprando una casa en primera línea de Las Canteras. Pero no todo fueron buenas noticias: en el trajín de la euforia el marido le confesó a su todavía mujer que hacía 12 años que mantenía una relación con otra mujer con la que tenía un hijo de siete. Roto el matrimonio cada uno para su casa y a otra cosa. Ella aún vive en Las Canteras pero no se ha recuperado jamás del golpe bajo que le dio la vida. Tal vez creyó que su mayor tesoro era su marido y evidentemente estaba equivocada…

Dos regalos navideños por los que siento atracción tal vez porque representan dos formas de ver la vida, un yate y un castillo y una casa digna. Pero, en fin, cada uno es dueño de tratar de hacer realidad sus sueños. Veamos cómo nos trata la suerte dentro de unas horas cuando el bombo comience a rodar y la simpar y nostálgica cantinela lo inunde todo. Quien más quien menos juega algo, un décimos o varios pero todos tenemos una ilusión numérica. Prometo contar aquí mismo si la suerte me visita.

Me gustaría que ustedes hicieran lo mismo. Suerte y que sean felices en Navidad y siempre.

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Todos somos falibles

Cristóbal D. Peñate

Cristóbal D. Peñate

Las religiones están obsesionadas con el sexo y quizá por eso el sexo también está obsesionado con las religiones. A un obispo le puede parecer adecuado que un pedófilo enseñe religión a los niños, pero no le parece idóneo que un experimentado profesor casado con un hombre imparta la asignatura.

Hay gente supuestamente culta y razonable a la que la fe le ciega. Hay gente que cree que el papa, que no deja de ser un hombre (hasta ahora no dejan que sean mujeres), es infalible, a pesar de los múltiples fallos y errores cometidos por ellos en la larga historia de la Iglesia.

A Luis Alberto González, profesor canario de religión, lo acaba de despedir la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias porque el Obispado considera que no es una persona idónea para impartir la religión debido a su matrimonio con un señor.

Luis Alberto González

Luis Alberto González

Ahora, los despedidores con remordimientos (los activos y los pasivos) argumentan que fue el profesor gay el que se autodespidió, como si los tiempos que corren estuvieran como para despedirse, al inculparse como no idóneo para impartir la asignatura tras su matrimonio. Es tal la presión que ejerce la Iglesia contra los profesores que se salen del rebaño que a éstos no les queda más remedio que suicidarse profesionalmente o morir en el intento.

La actitud del Obispado es muy poco cristiana con sus ovejas negras y la de la Consejería de Educación es sumamente cobarde para enfrentarse con un poder fáctico que consigue que todos, incluidos los laicos, paguemos el sueldo a sus profesores sin que podamos decidir sobre la continuidad de su trabajo.

No sé qué me repugna más, si el inmovilismo de una Iglesia pacata y antediluviana o el cinismo de unos políticos que se lavan las manos y pasan palabra, no necesariamente de dios.

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