Mujeres excepcionales

Marisol Ayala

Marisol Ayala

Una es enfermera, otra asistencia social. Fue conocerse y saber que habían nacido para compartir sus vidas. Seis años juntas ya era tiempo para pensar en ampliar la familia. Habiendo como hay tantos niños en adopción comenzaron los trámites para que llegara un bebé a casa. Uno. La sorpresa saltó cuando en Menores les dijeron que había dos hermanas de 3 años que no querrían separar de manera que teniendo en cuenta el perfil de la pareja las invitaron a conocerlas. Primero supieron de los bebés por el frío expediente, el otro paso fue preguntar mucho, luego conocerlas y el cuarto, adoptarlas. A las pocas semanas de la adopción una de las niñas tuvo que ingresar en un hospital aquejada de una neumonía. Esos días fue tiempo suficiente para que las mamás conocieran las situaciones complicadas que se viven en los hospitales y de las que tan alejados estamos.

Alguien les contó entonces el caso de un bebé que sufría una grave enfermedad hepática. La criatura esperaba un trasplante y sus padres carecían de medios para manejar su delicado estado de salud. Las dos se interesaron por el estado administrativo de la enfermita y conocieron que el bebé esperaba una adopción pero nadie se animaba a llevársela. Se lo pensaron, hicieron números y a los dos meses la niña formaba parte de la familia. Tres hijas y dos madres. A los nueve meses la pequeña estrenó hígado y sus nuevas mamás fueron sus mejores enfermeras. Su salud es delicada pero ahí están ellas y su nueva familia haciendo guardia para colmarla de cuidados, de mimos. En torno a la pequeña se ha creado una red de amigos y familia de las mamás que han asumido la responsabilidad de sacarla adelante. Van por buen camino.

Los avances médicos han sido claves pero no menos que el amor y el compromiso de dos mujeres excepcionales.

Nacionalistas sin rastas

Cristóbal D. Peñate

Cristóbal D. Peñate

Ana Oramas no lo dice explícitamente como Celia Villalobos, pero en el fondo también le molestan las rastas del diputado tinerfeño Alberto Rodríguez por si son nido de pájaros de mal agüero y de piojos verdes. Algunos en CC desprecian de palabra a los de Podemos más por la forma que por el fondo. Cierta derecha tiene una manera clasista de referirse a cierta izquierda por sus atuendos más que por sus ideas, aunque también.

Cuando los argumentos no bastan para debatir políticamente, lo fácil es tirar por la tangente y confundir el culo con las témporas. La única representante de CC en el Congreso, al contrario que otros correligionarios, no quiere saber nada de Podemos, ni siquiera en el caso de que los morados puedan echar una mano en Madrid al REF y al RIC.

La diputada chicharrera parece que tiene prejuicios, más propios de la insularista ATI de tiempos remotos que de un partido nacionalista actual y moderno. La principal excusa para rechazar a Rodríguez e Iglesias es que CC no comparte el modelo de Estado de Podemos.

Alberto Rodríguez, diputado del Cogreso

Alberto Rodríguez, diputado del Cogreso

Qué curioso: un partido nacionalista que comparte más el modelo de Estado de PP, PSOE y Ciudadanos que el de una formación que da voz y voto a los nacionalistas de todos los pueblos de España, desde Cataluña a Canarias, a través de consultas electorales, que es lo que mejor define a una democracia bien asentada. Que diga Oramas en qué más no coincide con Podemos, si en la redistribución de la riqueza o en el rechazo a los desahucios.

Quizá Oramas prefiere llenarse la boca de Canarias como el PP, PSOE o Ciudadanos lo hacen con España, con la palabra, no tanto con los españoles que no son de su cuerda, aunque sigan siendo igualmente compatriotas. Pero aquí hay compatriotas de primera y de segunda. Por eso el trío de San Jerónimo colocó a Podemos en el gallinero mientras acusaba a Iglesias de armar un follón por una chorrada. Tal chorrada no será si ninguno de ellos ha sido capaz de ceder su asiento a Bescansa para irse a la última fila.

Y luego tienen la osadía de afirmar que Podemos quiere romper España por permitir que los catalanes voten libremente en una consulta. Aquí los que rompen España son ellos. Exactamente igual que a Rocío Jurado se le rompió el amor de tanto usarlo.

Soy rica

Carla Sánchez

Carla Sánchez

Vamos a ponernos en situación, un sábado cualquiera de antes de 2009, deben ser las 11 de la mañana, mi madre como cada sábado, viene caminando desde vete a saber dónde ha ido a hacer la compra, como todos los sábados, es tal la cantidad de bolsas que trae y pesan tanto que ya no le llega riego sanguíneo a la punta de los dedos. Con toda la pachorra que la caracterizaba, empieza a colocar la compra. Naranjas, yogures, plátanos, natillas, pan de puño, gofio, mantequilla en lata, calamares, filetes, queso majorero, embutido,  verdura para un puchero, berros para un potaje, el clipper de cristal… y así podríamos hacer una saga alimenticia.

Ella lo colocaba todo, cerraba la puerta de la nevera y al rato se daba el gusto de abrirla, contemplarla y decir: mi hija, somos ricos. La verdad no estaba equivocada, éramos asquerosamente ricos y no teníamos yate, ni servicio doméstico, ni los billetes sacados para nuestro viaje a esquiar por cuarta vez, pero éramos los Rockefeller del barrio. Yo he crecido en el convencimiento de que la verdadera riqueza no tiene forma de billetes y ayer escuché una frase que me encantó de alguien que acababa de conocer: “cuando un problema se puede arreglar con dinero, no es un problema” y no lo es, porque un lío de dimensiones bíblicas puede ser sentirse solo y desgraciado en un colchón de dólares o tener una enfermedad mortal, que no mejora, tomando billetes de 500 euros tres veces al día antes de las comidas.

No me malinterpreten, no vamos a ser hipócritas, la nevera se llena con dinero, sin duda, a todos nos gusta el dinero, pero no en igual medida y precisamente de mi nevera, voy a sacar un ejemplo para que me entiendan. Por genética exacta, soy reflejo de mis padres en muchas cosas y yo también la lleno como si de una guerra se tratase, cada fin de semana, pero todo esto tiene un fin, que constituye mi fastuosa y envidiada fortuna y es que, para que lo sepa todo el mundo, hacienda incluida, soy rica.

NEVERA LLENA

Mi nevera se llena, porque mi afición a la cocina, hace que siempre me llegue algún regalo a cambio de una tapa, por lo que soy rica en visitas, en buenos momentos, tengo una familia cuyo valor en lingotes de oro, si lo cargase, podría costarme varios años de ciática, soy rica en amigos, acaudalada en confidencias, sobrada en amor, repleta en ideas, receptora de miradas, custodia de noticias, tengo la visa platino en abrazos de mis sobrinos que son los más profundos, puedo llegar a tener excedentes de besos, una nómina fija de caricias y masajes, comisiones altísimas por cada vez que tiendo mi mano, acciones millonarias en sonrisas… es hora de aprovechar las ventajas fiscales y declarar todo este patrimonio, que no lo tengo en Suiza, lo tengo dentro y aunque no se me note, lo llevo siempre encima.

Pero no siempre se puede tener todo, ya les dije que hay grandes fortunas que acaban en desgracia y a mí me falta algo, tan nimio e importante a la vez, que ya le he dedicado anteriormente un texto: me falta tiempo. Tiempo para disfrutar mejor de todos mis bienes, tiempo que paso mayormente trabajando, creyendo, como todos,  que el estipendio que me viene a cambio, me hará más feliz. El trabajo es una fuente de contactos y relaciones que nos hace falta a todos, nos motiva y hace sentir útiles, yo no podría vivir sin trabajar, pero a veces nos olvidamos, que tampoco podemos vivir sin tiempo.

No sé exactamente en qué pensaba mi madre cuando contemplaba la nevera llena, probablemente en sus hijos y en su habilidad para tener siempre lo que a cada uno le gustaba, llenar la mesa de gente que venía a comer y aplaudía con las orejas cuando la oían recitar en alto los tres primeros y tres segundos que tenía preparados por si algo no te gustaba, eso la hacía rica, rica en felicidad. El comedor de mi casa era una red social, donde cada uno aportó algo suyo a nuestra fortuna.

No quiero radicalizar este texto contra el capitalismo, predicar que las monedas, los billetes y las cuentas corrientes no tengan importancia, porque no es cierto, sí que la tienen. Lo único que quiero es que el día que yo me vaya nadie pueda decir de mí: Era tan pobre, que sólo tenía dinero.