Una fecha y un lugar: Coventry, 14 de noviembre de 1940. ¿Se imaginan al Lord Mayor sentado ante un micrófono, polemizando agriamente con las autoridades del condado, mientras la Luftwaffe reduce a añicos su ciudad? Inconcebible, ¿verdad? Y sin embargo, como nos diría cualquier friki, hasta la fantasía más disparatada resulta emulable.
El pasado 15 de mayo, los investigadores Carmen Herrero, Antonio Villar y Ángel Soler hicieron públicos los resultados de dos estudios: Desarrollo humano en España, 1980-2011 y La pobreza en España y sus comunidades autónomas, 2006-2011. Esas dos publicaciones, financiadas por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas y Bancaja, parecen asignar peso y tamaño a la visión del poeta:
“Y vi a los honrados, hambrientos, / buscando pan en la basura. / Yo sé que no me cree nadie. / Pero lo he visto con mis ojos.”
Los datos del equipo valenciano no solo refrendan a Neruda, sino que confirman nuestras peores intuiciones. La opulencia de unos pocos, que ya se sostenía en la precariedad de muchos, ha pasado en unos años a asentar sobre su ruina. Son datos que nos golpean con su crudeza. Y que adquieren por desgracia (pero también por obra y gracia de nuestra historia y sus agentes) tintes muy sombríos en Canarias.
Los medios locales han destacado lo destacable, que es el enorme aumento de la pobreza en nuestra Comunidad: un 21% entre 2008 y 2011. Bastaría con ese dato para arremangarse. Pero, en una perspectiva de progreso y desarrollo social, hay algunos otros de mayor calado aún.
Para empezar, el reparto de la riqueza (o de la pobreza, si prefieren verlo así). En un contexto general de equidad menguante, tres comunidades destacan por el incremento de la desigualdad. Son Murcia, Canarias y Aragón, por este orden. Nuestro empobrecimiento no es solamente el mayor, y con notable diferencia, sino también el segundo más injusto.
Otro dato atañe a los parámetros de desarrollo humano (salud, esperanza de vida, educación, nivel de vida). En 1980, el nivel de desarrollo humano en Canarias nos dejaba justo en la mitad del ranking: un discreto noveno puesto en el conjunto de las comunidades autónomas. Treinta años después, en 2010, nuestro lugar ya llega a ser el antepenúltimo. Ninguna otra comunidad ha sufrido una caída semejante, ni siquiera las más expuestas a los avatares del sector terciario.
He mencionado nuestra historia y sus agentes; sin embargo, no me siento autorizado a señalar culpables. Los expertos nos recuerdan nuestra extrema dependencia de la inversión pública, la inanidad de unas medidas supuestamente orientadas a paliar la terciarización, la crónica endeblez de nuestra estructura productiva…
Sea por lo que fuere y se mire como se mire (con los ojos del poeta o los del investigador), hemos cruzado ya la línea roja. Es el momento de un gran pacto por los más débiles, una iniciativa integradora y de amplio vuelo contra la devastación irreversible que produce la miseria.
Cierro los ojos y me digo: no es tan difícil. Pero luego, al abrirlos, veo los titulares y me desespero. Hasta los amagos de intención estrictamente paliativa (como la apertura estival de los comedores escolares) zozobran entre los vaivenes del oportunismo y los zarpazos de un atrabiliario sectarismo. Si la astucia, la ruindad y el cabildeo prevalecen pese a todo, si revolotean sobre la penuria de los niños, esa absurda fábula del Lord Mayor y la Luftwaffe bien nos vale para retratar a nuestros líderes políticos.
Con o sin dignidad, el caso es que nos representan. Les atañe más que a nadie promover una estrategia verdaderamente solidaria y sin rebabas de ninguna clase, pero… ¿cómo hacerles entender que la miseria no espera? ¿Cómo poner fin a toda esta vergüenza?
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