El sancocho del viernes santo

Marisol Ayala

Marisol Ayala

No estaría mal que cada cual si les apetece y no están ya metidos en el meneo de la cocina recuerde aquí con quién se comen el tradicional sancocho, qué recuerdos familiares tienen de ese encuentro, festivo y gastronómico y cual ha sido el mejor sancocho que se han comido. En ese punto sería conveniente y honrado mencionar al autor o autora del manjar. El Viernes Santo es un día, todos lo sabemos, en el que el cherne, la batata, el mojo, la ensalada, la papa, la pella y el buen vino ayudan al “recogimiento” propio de estas fechas. De manera que hoy, antes de poner el cherne de remojo, les invito a contar vivencias pasadas y presentes en torno a una mesa, con el sancocho a punto para ser engullido.

Si alguno quiere relatar quien es el animador musical o chistoso de la fiesta, encantada. Yo tengo chistosos y chistosas. En serio. Haciendo un poco de historia diremos que si hay una tradición culinaria canaria que se resiste a la modernidad en Semana Santa, esa es el Sancocho del Viernes Santo, donde casi todas las mesas canarias se llenan de viandas propias de ese manjar isleño, en el que el pescado salado es el gran protagonista. Pasó que la prohibición eclesiástica de comer carne los Viernes de Cuaresma le dio salida al pescado y como el Viernes Santo los pescadores no acudían a faenar, días antes el trabajo quedaba relegado por las liturgias religiosas de forma obligatoria y el pescado seco, salado o jareado, era el consumido el viernes.

¡Ave María santísima ... dios nos coja confesaos!

¡Ave María santísima … dios nos coja confesaos!

El pescado salado se pone cuidadosamente en remojo la tarde del Jueves Santo y se enjuaga en varias ocasiones, según el grado de salinidad; pero hay otros productos muy típicos canarios en el festín del sancocho. A eso vamos; unas buenas papas nuevas o las conocidas por “del ojo bonito o rosado”, batatas blancas o de yema, según el gusto, que se sancochan con el pescado, o bien por separado. En algunas zonas de Gran Canaria, preferentemente del Norte, se sancochan plátanos, que se pelan verdes y se les echa al caldero junto con el resto de las viandas pero ya cerca del final porque oscurece el agua y la pone agria. Hay lugares en los que, igualmente, al sancocho se le añade una piña de millo. Y es que el agua del sancocho también se aprovecha; juega un gran papel; A ver. Una vez que se ha sancochado el pescado con las papas y las batatas en el mismo caldero -aunque hay quien lo hace por separado- se extrae parte del agua para hacer la pella de gofio. Habitualmente la “pella” solo lleva eso, gofio, pero la variedad de productos de cada isla, zona y lugar le aporta riqueza. Pasas, plátanos, higos, almendras… Una precisión; está cientificamente demostrado que la temperatura de la mano del hombre es la ideal para preparar la pella. Se desconoce si aun así ellos colaboran con fe cristiana en el tenderete, pero en los preparativos culinarios, lo justo. ¿Qué es asimismo imprescindible para cerrar el círculo sancocho?…un buen mojo. Picón o no, colorado o verde, de perejil o cilantro, en sus muchas variadades, ya que sí bien con pescado se suele poner mojo verde, cuando el pescado es salado -sancocho- se emplea preferentemente el mojo colorado. Dicho todo esto se recomienda tener a mano agua fresca para cuando el pescado salado quiera hacer la digestión y comiencen las dificultades propia de semejante comistraje.

Echar unas cantijas

El sancocho es un almuerzo eminentemente familiar; se reúne toda la familia o amigos en torno a la mesa. Olvidaba que es también costumbre acompañar al sancocho con una ensalada que se come junto al plato principal, el pescado salado con las viandas sancochadas. Hay quienes lo acompañan con hojas de rábanos, rabanillos o cebollas encarnadas, endulzadas con agua, vinagre y sal para degustar cada puño o pelota de gofio que, ojo, cada cual la amasa con sus manitas al tiempo que se come el sancocho. En uno de esos momentos, más o menos, es cuando debe aparecer una guitarra, un timple, unas cantijas que de entrada pueden, y deben ser canarias, pero que poco a poco, a medida que la tarde/noche avanza puede ser cualquier cosa y sonar no se sabe qué.

Ya no hay marcha atrás. A disfrutar. Mi grupo de amigo -uno de ellos- hemos optado por salir de casa, buscar un sitio agradable, ajardinado, y echar la casa por la ventana. Un sancocho por encargo con todos a la mesa y las guitarras esperando para comenzar a sonar.

Compartir este artículo

Publicado en Me gusta | 12 comentarios

Fallece Junior, la voz cálida del primer pop español

Triunfó con Los Brincos y Juan & Junior, antes de iniciar una carrera en solitario. Fue
hallado muerto hoy en su casa de Torrelodones.

Diego A. Manrique

Antonio Morales Junior, fallecido hoy

Antonio Morales Junior, fallecido hoy

Antonio Morales Barretto, eternamente Junior, pertenecía a la estirpe cosmopolita de los pioneros del pop español. Entre la generación que puso los cimientos del rock and roll nacionales abundaban los jóvenes pertenecientes a familias viajadas, fuera por compromisos profesionales del paterfamilias o por proceder de antiguos enclaves del imperio español.

Junior, fallecido este martes en Madrid, había nacido en Manila en 1943 (mismo año y lugar que Luis Eduardo Aute, por ejemplo). Cuando estos retoños llegaron a la España franquista, se encontraron con un clima cultural cerrado y opresivo. Muchos de ellos, que habían conocido otros ambientes, se rebelaron. Y una de las vías pasaba por formar conjuntos músico-vocales, como se decía entonces.
Junior, con su belleza exótica y su voz dulce, destacó rápidamente en el mundillo musical madrileño; dominaba el inglés, toda una rareza entonces. En 1964, editaba bajo su apodo un Extended Play de cuatro canciones con el sello Philips. Anteriormente, Junior ya había grabado en Hispavox con los potentes Pekenikes, donde cedió el micro a Juan Pardo.

Ambos coincidieron en Los Brincos, el intento deliberado de la compañía Zafiro de crear una versión local de The Beatles: canciones propias, juegos de voces, sabor español, conjunción de talentos. Y funcionó extraordinariamente, tanto en términos de popularidad como artísticos. Su talón de Aquiles resultó ser la relación interna: el baterista (Fernando Arbex) ejercía de líder en un grupo teóricamente democrático. Y sus jugadas determinaron la marcha airada de Juan Pardo y Junior (su hermano, Ricky Morales, entraría en la formación, seguido más tarde por el menor de los hermanos, Miguel).
Juan y Junior despegaron inmediatamente en 1967, con canciones como La caza, Bajo el sol o Nada. Musicalmente, se pasaba del sonido beat evolucionado al pop orquestal. Era un proyecto ambicioso, que incluso llegó a grabar temas exclusivos en inglés con vista al mercado internacional. A pesar de que conseguirían impactos del calibre de Anduriña (¡con portada de Pablo Picasso!), el tándem no se solidificaría: su único LP se publicó en 1969, cuando ya se sabía que el dúo desaparecía.

Con la separación, Junior saldría perdiendo: Pardo era hiperactivo, estaba fascinado por la producción y generaba sin parar canciones, comerciales a la vez personales. Por el contrario, Junior dependía de la ayuda creativa exterior. Además, tras casarse en 1970 con una de las mujeres más queridas del país, Rocío Dúrcal, pareció acomodarse en su nuevo papel de consorte.
A partir de 1969, grabó singles para Zafiro, atado como estaba por aquellos contratos leoninos de la compañía madrileña. Fichado por RCA en 1972, hubo un intento más serio de establecerse como solista. Hizo canciones en inglés y en español, con diferentes productores. Uno de ellos, Simon Napier-Bell, cuenta en sus memorias pintorescas anécdotas de la tacañería de Junior.

Junior y Rocío Jurado, fallecida en el 2006

Junior y Rocío Dúrcal, fallecida en el 2006

Según avanzaban los setenta, Junior se fue desentendiendo del negocio musical. En realidad, había faena en casa: Rocío había iniciado su aventura mexicana, que la convertiría en una de las divas de la ranchera moderna. También Junior intentó su particular Operación MacArthur: regresó a Filipinas, donde protagonizó películas y grabó en tagalo. No prosperó.

Parecía un hombre en paz consigo mismo, sin la necesidad de plantearse grandes retos: en los eternos desencuentros entre Arbex y Pardo, siempre se colocaba al lado del segundo, manifestando escaso interés por la resurrección de Los Brincos. Se suponía que ejercía de asesor de las carreras artísticas de sus tres hijos.

Tan risueña imagen se rompió tras la muerte de Rocío en 2006. Los conflictos familiares le convirtieron en personaje codiciado por los programas de la televisión basura, donde rara vez se mostraba su mejor cara. Intentó enderezarlo con una autobiografía de escaso calado, Mucho antes de dejarme. Terminaría siendo coprotagonista involuntario de una serie de Telecinco, Rocío Dúrcal: volver a verte. A esas alturas (2011), pocos recordaban que intervino en algunos de los más elegantes temas del pop español de los sesenta.

Compartir este artículo

Publicado en Lo que escriben otros | 1 comentario

Cerrar los ojos

María Vacas Sentís

María Vacas Sentís

Cerrar los ojos hasta hacernos impermeables y opacos al dolor ajeno. Hace tiempo que no escucho a nadie preguntar cómo fue posible que la ciudadanía alemana cerrara los ojos ante la barbarie cotidiana de los campos de exterminio nazis. El ex ministro de Cultura Jorge Semprún contaba que desde el campo de concentración de Buchenwald, donde estuvo encerrado dos años, y donde murieron más de 50.000 personas, era posible divisar algunas casas habitadas por lugareños. Semprún los veía absortos en sus quehaceres agrarios y se preguntaba si desde sus ventanas podían apreciar lo que sucedía dentro del campo. Cuando salió de su encierro comprobó horrorizado que sí, que sí se veía. Todo ese tiempo los habían estado viendo.

Los campos de concentración de ahora los tenemos bien cerca de nuestra mirada, al lado de nuestras casas. Y también como los campesinos de Buchenwald cerramos los ojos y dejamos transcurrir nuestras vidas apacibles. Son los llamados eufemísticamente centros de internamiento de extranjeros, donde se hacinan seres humanos sin derechos, sin libertades.

Centros InternamientoY cerramos los ojos mientras la policía les da caza y captura en las calles de nuestras ciudades, y cerramos los ojos cuando les piden los papeles identificativos en función de su color y procedencia geográfica –ahora toca ir a por los nigerianos-, para encerrarlos hacinados en los centros o acomodarlos en el siguiente vuelo de deportación programado. Y cerramos los ojos cuando el gobierno pretende cercenar su derecho a comunicarse libremente con las familias que han dejado atrás, obligando a la complicidad de los locutorios en su identificación, al mejor estilo de la Gestapo.

Porque no hace falta irse hasta las zonas fronterizas, donde las alambradas rasgan la piel negra de los africanos, y donde se exponen en el mercado de la muerte la carne roja y las heridas gangrenadas de los que saltan a las rejas sin ser auxiliados. Porque sencillamente hemos instalado nuestras propias alambradas en el alma, y allí dividimos ciegamente lo admisible de lo inadmisible, lo tolerable de lo intolerable. Es comprensible que ya nadie se pregunte cómo fue posible que el pueblo alemán cerrara los ojos ante el exterminio nazi.

Compartir este artículo

Publicado en Colaboraciones | Etiquetado | 1 comentario

Carlos Skliar

Elisa R. Court

Elisa R. Court

Leer a Carlos Skliar es como darse ese baño de tumba del que habla Pablo Neruda en su poema “No tan alto”: “Hay que darse un baño de tumba// y desde la tierra cerrada// mirar hacia arriba el orgullo.” Cada pasaje de sus dos libros titulados No tienen prisa las palabras yHablar con desconocidos supone una fabulosa cura de humildad. A través de fragmentos poéticos conmovedores, Carlos Skliar parece denunciar, entre otros, la reducción de las cosas a lo que se ve a través de las estrechas rendijas de la mirada. Cómo no caer rendidos ante los pies de su escritura cuando leemos: “Abrir los ojos es, en cierto modo, pedirle perdón a todo aquello que alguna vez hemos ignorado”. Antes ha escrito que en los bordes laterales de los ojos habitan todas las cosas que decidimos no mirar y que nos hablan a raudales.

Carlos Skliar

Carlos Skliar

Con gran maestría aborda Carlos Skliar la distancia que va del ojo al objeto contemplado. No parece entonces extraño que hable también de las cosas que existen y no nos ven. “Por ejemplo: tu cuello no te ve. Una sombra no te sigue. La aurora no está dedicada a nadie en particular.” Y matiza: “Pero eso no es indiferencia. El mundo es casi todo lo que no ves y donde no estás.” Con humildad coloca al ser humano en el lugar que le corresponde, lejos de toda arrogancia. Así escribe en otro pasaje: “El secreto que no esperabas. En medio de un bosque de simetrías, la flor que no debería estar allí. Arrancarla con vehemencia o dejar que la tierra siga su propio curso. Sin ninguna de tus dudas.”

Sus libros reflexionan sobre el lenguaje y la escritura, cuestionando cualquier forma de aprisionar la realidad. Porque no solo existe lo que puede decirse, este escritor apuesta por una escritura abierta e inconclusa: “La escritura tiene miedo de cerrar sus manos. De acomodarse. De sentirse satisfecha. De darse por terminada.” Mientras tanto, declara que también se escribe de rodillas. “No acuclillado. Ni inclinado. De rodillas, como pidiendo perdón a aquello que no será nombrado”. De nuevo habla la humildad, pero como un modo de agradecimiento, porque “lo innombrable”, escribe, “es lo que induce y seduce a la escritura, una y otra vez. Tocando con la punta de la lengua lo que está fuera de la lengua. Escribir es merodear con la voz todas esas palabras deseosas de silencio.”

Compartir este artículo

Publicado en Colaboraciones | Etiquetado | Deja un comentario

La historia que se coló en un libro

Marisol Ayala

Marisol Ayala

He conocido a una mujer maltratada con saña. Una mujer nerviosa de pelo negro, alta y delgada. Ambas hemos decidido que jamás desvelaremos su identidad. Su caso es tan tremendo como lo es haber vivido maltratada, violada, sometida, golpeada por un pederasta, su marido. A él le gustaban los niños y se lo dijo; su actividad deportiva le permitió durante años tenerlos a su alcance, a su merced. Parece duro pero hay pruebas aunque dudo que ella las muestre jamás. El delito ha prescrito y nada hay que hacer en el terreno judicial pero merecería el peor castigo. Por proteger a sus hijos lo soportó todo pero no se atrevió a denunciar. No era fácil. Las ataduras raciales han jugado un gran papel en este caso. Ella se jugaba la vida y la de sus hijos porque así se las gastan los que usan pistolas.

Conocerla, escuchar su historia, ha sido una de las mayores satisfacciones que nos ha dado nuestro libro La Secta del Kárate a los dos, a Micky y a mí, sus autores. No piensen que estas líneas son una estrategia para vender, no, no, porque en España escribir no tiene más satisfacción que haberlo hecho, nada más. El premio ha sido conocer a la mujer que conocí. Ella lo leyó y se identificó tanto con su contenido que ha reconocido escenarios, nombres, condenados. Sus hijos eran deportistas. Karatecas. Entrar en el texto sirvió para abrirle los ojos y confirmar años de sospechas, de pánico cuando una llave visitaba la cerradura. Leerlo, me contó, le dio fuerza para echar de su casa a quien las ha aterrorizado durante muchos años y a él para largarse sin rechistar ante el temor de verse en la prensa. Mi amiga nos buscó desde que lo presentamos y ya por fin hemos hablado. Dejó una nota

Portada del libro y sus autores Miguel F. Ayala y Marisol Ayala

Portada del libro y sus autores Miguel F. Ayala y Marisol Ayala

en un lugar que transito: “Tengo que hablar contigo”.

Dolor y rabia percibí en esa mujer, madre de dos profesionales, que habiendo sufrido lo que han sufrido nunca se atrevieron a denunciar. Estaban aniquiladas, anuladas desde la niñez. Estos delitos no debían prescribir. Dice que el domingo que anunciamos la publicación ella vio una luz. Curioso. Desde una cabina llamó al maltratador de la casa y le dijo. “Lee el periódico. Hablan de tu amigo (Torres Baena). El próximo que sale en la prensa eres tú. Sal de esa casa, vete o lo cuento. Tengo el listado”.

Un listado donde anotaba los niños que le gustaban. Ese.

Compartir este artículo

Publicado en Me gusta | 6 comentarios