Archivo de la categoría ‘Reportajes en la memoria’
Juan Padrón: “robé para comer, casi como el Lute”
Hace un año y medio entrevisté a Juan Padrón, uno de los empresarios más prestigiados y poderosos de Canarias. Reconozco que fue una de las conversaciones más enriquecedoras que he tenido. Nacido en la más absoluta miseria, su trayectoria personal y profesional es ejemplar. A los 25 años aprendió a escribir y hoy, es millonario. En tiempos de crisis como los que vivimos, leer el testimonio de Padrón es un aprendizaje. Vale la pena.
Ya lo habrán dicho otros. La vida de Juan Padrón es de cine. ¿Hambre? La que quieran. ¿Miseria? Toda la del mundo. ¿Y cultura?. Poca. A los 25 años aprendió a escribir.
“Que a mis empleados no les falte nunca el trabajo”, dicen que es una de las frases más pronunciadas por el empresario de negocios recreativos Juan Padrón. Otra frase suya curiosa por lo inusual es la de “tengo más de un millar de trabajadores y son como mis hijos“. De la nada al todo.
Juan Padrón, 77 años, nacido en Tejeda, padre de diez hijos, tiene una vida de película. Tanto, que él mismo en 1998 decidió ponerla a su manera en un libro que tituló “Juan Padrón. Trovador de Sueños”. Es un personaje curioso que llega a la entrevista dispuesto a contar hasta lo que no le preguntas.
Para quien no lo conozca, Padrón es uno de los empresarios más importantes de Canarias y como muestra ahí van algunos botones en forma de firmas comerciales: Comercial Jupama, Bingos San José -que aglutina ocho salas-, el Gran Casino Las Palmas, Pama e Hijos, Holiday World o Pamali -firma de boleras que se extiende por todo el país-. Nadie le ha regalado nada y ha trabajado “como un negro”, relata, porque no entiende la vida de otra manera.
En los jardines del Hotel Santa Catalina, luciendo camisa en tono rosa suave y corbata a juego, Juan Padrón habla y una, como corresponde, apunta. Juan Padrón tiene diez hijos, “dos fuera del matrimonio”, precisión que realiza con la máxima naturalidad. “Todos están reconocidos y todos son mis hijos”. Su mujer, Matilde, le entiende y le quiere, asegura, “como yo a ella, claro. ¡Todas las mañanas le pego un beso que la asfixio…!” Se ríe.
Zapatos en tiempos de guerra

Antigua fábrica de zapatos en Agaete
A veces los pueblos guardan historias que las nuevas generaciones desconocen; parece como si alguien se empeñara en silenciar un pasado. Agaete, por ejemplo, tuvo ente 1936 y 1975 una de las industrias de calzado artesanal más importante de las islas. Eran botas de media caña y zapatos “de salir”. Todo era cuero hasta que llegó el plástico, bajó los costos y cerraron.
La pista la dio Cristóbal del Rosario, pregonero hace dos años de la Virgen de las Nieves. Pasó que durante su intervención le dedicó una línea a “aquella fábrica de zapatos artesanales que hubo en Agaete”, revelación escueta que desató la curiosidad de algunos por localizar a quienes tuvieron alguna relación con la industria. Valentín “Nene” Armas Álamo es uno de los hijos de quien realmente impulsó la fábrica de zapatos en 1936 y esta su historia forma parte de la de los vecinos del Norte y de la de otros muchos ciudadanos de Canarias que usaron aquellas cómodas y duraderas botas de media caña que tanto se cotizaron hasta 1975. “Sólo le diré”, cuenta Nene, que cuando más actividad tuvo el negocio fue en plena Guerra Civil, que ya está bien. Mi padre la impulsó de una forma más ambiciosa en 1936 y la cerró en 1975, o sea, que tuvo más de 30 años de actividad”.

Valentín "Nene" Armas Álamo
Calzados Armas fue la marca comercial que en 1936, en plena revuelta nacional, obtuvo los mejores dividendos. Por entonces Valentín Armas Nuez, el padre de Nene, que por entonces tenía 14 años, se incorporó al negocio una vez fallecido su padre, Valentín Armas Álamo. “Mi padre como empresario, como persona emprendedora y trabajadora fue un ejemplo y eso es tan cierto como el sol que estoy viendo”, cuenta Nene. Nadie lo pone en duda porque siendo un adolescente impulsó la fábrica de zapatos que llegó a alcanzar tanta actividad que pasó de tener ocho trabajadores a engrosar “una ristra de empleados, 46 me parece, y tres señoritas”. Ya estaban en 1950. Pero, ¿de qué tipo de calzado estamos hablando?, curiosamente en la casa de Nene aún quedan algunos de recuerdo de una época en la que se trabajaba de sol a sol y, en este caso, para hacer dinero.
“La industria progresó de una forma tremenda; la demanda fue tan grande que se tuvieron que comprar nuevas hormas y ampliar la maquinaria para poder dar respuesta a tantos pedidos como teníamos, no solo de las islas sino también de África”. El calzado del que hablamos se cotizaba por varias razones, fundamentalmente porque era de cuero, hecho a mano y su duración, “eterna, espectacular”. Pero a pesar de ser un calzado duro, fuerte, de patear, también “era elegante y cómodo”. El negocio alcanzó tal proyección que Valentín padre viajaba poco a Barcelona para adquirir la materia prima adecuada porque “todo el Archipiélago y no exagero nada, hacía encargos; yo tenía 15 ó 16 años cuando empecé y lo que recuerdo es una actividad comercial y laboral que me parece asombrosa para aquella época”. Cuenta Nene, el hijo del dueño de la fábrica de zapatos artesanales de Agaete, que una de las imágenes que acompaña a este texto la tiene de cuando en su adolescencia, dieciséis años, trabajó con su padre.
Tanto prestigio tenía el taller que cuando en la Isla se rodó la película Tirma en los años sesenta con la actriz italiana de la época Silvana Pampanini la fábrica hizo los zapatos y la ropa de cuero de la actriz. “No creo que fuera porque no había nadie que lo hiciera, no, no, es que tenía mucha fama. Además”, señala, “las botas de mi padre se pusieron de moda porque fueron años en los que la economía no era buena y como se trataba de zapatos que duraban mucho y servían para todo, igual para el campo que para el paseo, la gente iba a buscarlos”. En su memoria tiene guardada cuando a la fábrica le encargaron los zapatos que llevaría el grupo Los Gofiones. Si lo dice, así será. En suma, una industria que marcó una época y que hasta ahora ha estado en el olvido.
OBSERVACIÓN:
Nos faltaba publicar la imagen de alguna persona calzando los zapatos o las botas hechas en la fábrica de Agaete referenciada. Hoy, nos complace haber podido añadir la foto de Cristina Molina Petit y la de José de Armas Díaz (foto en el párrafo anterior), en las que se les ve calzando sendas botas hechas en aquella fábrica. Agradecemos efusivamente a ambos su deliciosa aportación que, sin duda, enriquece muchísimo esta preciosa historia.
Cremos que cualquier aportación de nuestros lectores -como en este caso- a este humilde blog , nos sirve a todos para poder ofrecer a los demás una información más veraz, más auténtica y unos valores positivos que escasean lementablemente cada vez más.
Por eso, desde aquí, tratamos de fomentar la comunicación entre todos, poniendo nuestro granito de arena para intentar recuperar muchos de esos valores que se han ido perdiendo y que en un tiempo pasado, no muy lejano, significaron tanto para esta sociedad.
Muchas gracias.
Sor Elena: “Cuando en 1942 vine a la isla yo no sabía ni donde quedaba esto”

Esta es Sor Elena, la bondad en persona.
Tiene 89 años y llegó a Gran Canaria hace 59 con el fin de atender a los niños del colegio Nuestra Señora del Carmen en la calle Luis Morote y paliar la pobreza de la época. Como testigo de la evolución de la ciudad, sor Elena recuerda que “los barcos que llegaban al Puerto se veían desde la azotea de la escuela”. Ahora, nada…”. Llegó muy joven del País Vasco y su padre lloró amargamente cuando marchó porque “iba a un sitio lejano”, le dijo. De los 89 años que en la actualidad tiene sor Elena, 55 los ha vivido en el Colegio Nuestra Señora del Carmen de Las Palmas de Gran Canaria.
En la actualidad es la mayor de las religiosas que desempeñan distintas tareas en el centro y aún hoy, menuda y ligera, se encarga de los recados, cuidar la portería y de hacer mantelería de ganchillo, una de sus aficiones. Cuando sor Elena salió de su ciudad natal, Vitoria, rumbo a Canarias, la travesía en barco tardó ocho días. “Recuerdo que mi padre me escribió una carta muy triste diciéndome que le daba pena que me fuera tan lejos”.
Esta mujer afable y buena ha sido testigo de la evolución de la ciudad y recuerda una de las zonas de mayor pobreza de los años 60 y 70 en Gran Canaria: “Ay, Dios, aquel Confital lleno de chabolas y gente muy pobres. ¡Cómo estaba de mal aquello…!. Pero aquí moriré ya, mi hija. Esta isla es mi casa y esta es mi familia”, decía en el colegio, alzando la voz para hacerse oír entre el bullicio de los escolares.
Pero no le molesta la algarabía. Durante muchos años Sor Elena ha dado clases en lo que antes se llamaba párvulos. Me cuentan sus compañeras que la noche antes de quedar para este reportaje sor Elena Ibáñez se “estudió” la historia de su colegio y algunos datos más por si “me pregunta algo que no sé”. Desconocía ella que lo que nos interesa es su vida y no la del colegio, pero le da un poco de verguenza contar cosas suyas. De ahí que se mostrara incómoda cuando relataba episodios: “¿Marisol, hija, Vas a poner también eso en el reportaje…?, bueno, ponlo, pero en letra chiquita”.
“CANARIAS ESTABA LEJOS DE CASA”. “Mire, cuando yo vine a la isla tenía 22 años y fue, me acuerdo bien, en el año 1942. Antes había estado cinco años como aspirante a monja en dos centros de la congregación, así que cuando ya vi que mi vocación era firme, mis superiores me mandaron a Canarias. Sabía que las Islas Canarias estaban en el mapa, pero no sabía nada más. Además, me equivoqué porque al decirme que me mandaban a un colegio que estaba en el Puerto de la Luz yo lo confundí con una zona de Francia que se llama así. Luego me di cuenta que no, que Canarias estaba muy lejos de casa”.
El primer taxista que paseó guiris

José Rodríguez con una turista observando lo que hoy se conoce como Bahía Feliz.
Cuando a José Rodríguez Vera le dieron la primera licencia de taxis en el año 1964 para trabajar en sur de Gran Canaria no la quería: “Es que allí había tres gatos”, recuerda. Hace dos semanas estuve en su casa de San Agustín y revivió recuerdos de una época que fue dura, pero rentable.
José Rodríguez Vega no quiere que digan que forma parte de la historia del turismo en Gran Canaria a pesar de que al volante de su coche, un Peugeot matrícula GC 25.798, fue el primer taxista a quien el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana le otorgó una licencia para pasear a los turistas. Esa es la realidad y ahí va algún dato que ponen las cosas en su sitio: en 1964 el alcalde, Marcial Franco, le dio a José una licencia de taxista, la número 38, que le autorizaba a “traer y llevar visitantes”.
Entonces ya había algún coche particular que hacía viajes, “pero eran piratas. Oficialmente, éste que está aquí fue el primero que la tuvo”, aclara. Pero como eran otros tiempos y el término turista no estaba aún en la cabeza de nadie, a punto estuvo José de rechazarla porque la parada de su taxi estaba en La Rotonda de San Agustín “y allí había cuatro gatos. De turistas, ¡nada!. Sólo le diré que en Maspalomas vivían unas 100 personas, así que ya sabe de lo que hablo… No había movimiento”. Por eso “don Marcial, el acalde, tuvo que convencerme para que la aceptara. Recuerdo que me dijo que a lo mejor para mí no era negocio, pero el día de mañana lo sería para mis nietos…”.



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